La Ley de Parkinson y las decisiones que nunca se toman

En 1955, el historiador británico Cyril Northcote Parkinson (de ahí la Ley de Parkinson) publicó un artículo, mitad en serio, mitad no tan serio, con una observación sobre la administración pública: el trabajo se expande hasta llenar el tiempo disponible para completarlo.

Es decir, una tarea que puede hacerse en una hora acabará en dos horas si es el tiempo que tiene esa persona para hacerla.

Su idea, que se denominó ley de Parkinson, se basó en una anciana que dedicaba un día entero a escribir una postal a su sobrina, algo que a otra persona le llevaría minutos.

Cuando una tarea no tiene un límite claro, se estira, se complica y acumula pasos innecesarios por la única razón de que hay margen para hacerlo. Con un plazo ajustado, la misma tarea se simplifica sola: los pasos accesorios desaparecen y se llega antes a lo importante.

Yo lo veo constantemente en las personas con los casos de negocio que tienen sin resolver.

Una decisión sin plazo — «ya lo pensaré», «cuando tenga tiempo lo resuelvo» — no tiene nada que la empuje hacia una conclusión. Puede dar vueltas en la cabeza durante meses, porque nada limita ese tiempo. Cuanto más margen parece haber, más se expande el «pensarlo».

Y lo malo es el perjuicio que se está ocasionando a su bolsillo y a su tiempo para dedicarlo a otras cosas: hacer deporte, leer, salir a cenar o producir más.

La solución no es vivir con urgencia permanente: orden y urgencia son opuestas.

La solución es tener orden poniendo límites a lo que hay que hacer.

Por eso mi método los lleva incorporados: 100 palabras para describir el caso, 15 minutos para entenderlo, 1 hora para resolverlo. La duración de cada tarea te obliga a ir a lo esencial.

Si llevas meses con un caso «pensándose», probablemente no te falta reflexión. Te falta un plazo. O te sobra dinero y tiempo.

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