El precio de no decidir
Nadie te pasa factura por no decidir. Por eso cuesta tanto verlo. Pero no decidir pasa factura. ¿Cuál es el precio de no decidir?
La factura es de un importe por valor de crecer o crecer menos de lo esperado, no conseguir el bonus de ventas por no vender lo que exigía el objetivo…
Cuando decides mal, el error se nota: un cliente que se va, una contratación que no funciona, una inversión que no vuelve.
Pero cuando no tomas ninguna decisión, no pasa nada a la vista. El día siguiente se parece al anterior, y esa normalidad hace que aplazar parezca gratis.
Y sin embargo no lo es. Todos los casos que me llegan tienen un coste escondido, y se puede poner en cifras.
El coste directo. Lo que dejas de ganar o sigues perdiendo cada mes. Una persona que llevaba un año sin vender un proyecto me dijo que había dejado de ganar miles de euros. Esa cifra no estaba en ningún sitio hasta que alguien le pidió que la calculara.
El coste de oportunidad. Mientras una decisión sigue abierta, ocupa el sitio de otras. No arrancas el proyecto nuevo porque antes tienes que resolver el viejo. Y las ventanas buenas, esas que no se repiten, se cierran sin que nadie lo anuncie.
El coste de atención. Una decisión pendiente no se queda en un cajón. La tienes en tu cabeza cuando estás en la ducha, cuando vas a cenar, a las tres de la madrugada cuando te desvelas. Y esa energía no se la dedicas a lo que debes.
Hay un ejercicio sencillo. Escribe la decisión que llevas más tiempo aplazando y contesta tres preguntas: cuánto dinero me cuesta cada mes, qué no estoy haciendo por tenerla abierta, cuánta atención me quita.
Decidir mal tiene un coste. Decidir tarde, también. El primer coste lo puedes ver y corregir. El segundo coste no sabes qué tamaño tiene.
Haz el ejercicio, merece la pena: merece tu tiempo, tu dinero y tu descanso.
