La paradoja de Salomon: para otros sí, conmigo no.

El rey Salomón pasó a la posteridad como el modelo de sabiduría y sensatez. La tradición recoge que gente de todo el reino recorría largas distancias solo para escuchar su consejo. Y sin embargo, su vida personal estuvo lejos de esa misma rectitud: era vanidoso, amaba el dinero y las riquezas, y acumuló cientos de esposas y concubinas en decisiones que, con el tiempo, contribuyeron a la fractura de su propio reino.

Esa contradicción — sabio para los demás, ciego para sí mismo — es la que inspiró a los psicólogos Igor Grossmann, de la Universidad de Waterloo, y Ethan Kross, de la Universidad de Michigan, a bautizar en 2014 este fenómeno como la paradoja de Salomón: un sesgo cognitivo que afecta a personas con gran sabiduría y buen juicio para aconsejar a otros, pero incapaces de aplicar esas mismas cualidades a su propia vida.

Para comprobarlo, Grossmann diseñó un experimento con personas que habían mantenido relaciones de pareja largas. A un grupo se le pidió que recordara una infidelidad sufrida por ellos mismos; al otro, una infidelidad sufrida por su mejor amigo. Después, todos respondieron preguntas que medían la calidad de su razonamiento: capacidad de ver otras perspectivas, reconocer los límites del propio conocimiento, buscar puntos de acuerdo. Quienes razonaron sobre el problema ajeno obtuvieron puntuaciones de sabiduría notablemente más altas que quienes razonaron sobre el suyo propio.

Un dato relevante: el sesgo se mantenía por igual en adultos jóvenes y en adultos de edad avanzada, lo que sugiere que no es algo que se corrija solo con la experiencia o los años — es estructural en cómo procesamos lo que nos afecta emocionalmente frente a lo que observamos desde fuera.

Pero Grossmann no se quedó solo en el diagnóstico. También probó una posible salida: pidió a otro grupo que imaginara su propio conflicto como si le estuviera ocurriendo a otra persona, razonando en tercera persona en lugar de primera. El resultado fue significativo — esas personas dieron respuestas más sabias sobre su propio caso, simplemente por haber introducido esa distancia artificial.

El refranero recoge esta idea de forma popular: “consejos vendo que para mi no tengo”. Y también está la cita bíblica “medice cura te ipsum”. Eso sí, con connotación negativa, cuando realmente es normal que alguien con experiencia, criterio, método y perspectiva pueda dar una buena visión de un caso a quien lo padece mientras esta persona no consigue ver con claridad.

Este hallazgo de Grossman y Kross explica por qué la consultoría, el coaching y la mentoría funcionan como modelo de negocio, y por qué tantos profesionales y emprendedores se pasan meses dando vueltas a un caso que cualquier persona externa vería con claridad en quince minutos. No es un problema de inteligencia ni de experiencia. Es la arquitectura de cómo razonamos cuando algo nos afecta directamente.

Si llevas tiempo sin resolver algo concreto en tu negocio o tu carrera, probablemente no te falta capacidad. Te falta la distancia que, desde dentro, nunca vas a poder darte tú solo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *